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Fragmento de la semana

Intruso

Sus pies descalzos reciben el frío del suelo como una descarga eléctrica. Atraviesa la oscuridad de su habitación, y camina lentamente por el pasillo, sosteniendo su aliento, hasta llegar a la puerta del baño.

La encuentra entreabierta, y la luz está encendida. Pero no hay nadie en casa.

El temor le seca inmediatamente la boca, pero avanza y empuja la puerta con la punta de un pie. La luz amarilla inunda el pasillo, revelando un baño aparentemente vacío. Ella entra en el cuarto, lo examina de un vistazo, y se gira para apagar la luz. Pero antes de oprimir el interruptor, escucha un susurro que viene de la ducha.

Su cuerpo se tensiona inmediatamente. Con el corazón golpeando su pecho, ve en el espejo que la cortina de la ducha se está moviendo. Tratando de ignorar la inminente sensación de alarma, da dos pasos hacia la desgastada cortina. Entonces siente algo frío que se enrosca en su garganta y la levanta en el aire.

Entra en pánico, y mientras patalea como reflejo de la ausencia de aire, percibe unas pequeñas luces que opacan su vista. Palpa su cuello, y se encuentra con una textura fría y áspera. Y suelta un débil quejido de sorpresa.

Ya la había sentido antes. En esas ocasiones había oprimido su pecho mientras dormía, o había inmovilizado sus extremidades en la madrugada. Sentía que ya la conocía como una vieja amiga, una compañía nocturna inevitable.

Agradecida con saber qué la estaba asfixiando, y aliviada de saber que pronto la soltaría, dejó de luchar. Al menos a este monstruo ya lo conocía.

Después se preocuparía por el que la estaba esperando en la ducha.

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Fragmentos del pasado

Cita

Se despierta con los nervios y la emoción nublando su vista.

Esa mañana decide esforzarse por estar más presentable. Se resiste a las cómodas prendas, los sacos holgados, y el cabello enmarañado, reemplazándolos por un vestido de telas coloridas, un cabello visiblemente limpio, y un chal que, aunque no la abriga, decora sus hombros con elegancia.

Ensaya dos sombreros y rechaza ambos con similar disgusto. Tampoco encuentra un collar que acompañe su cuello adecuadamente. Abandona los accesorios, y se conforma al comprobar que, al menos, sus tacones favoritos todavía encajan a la perfección en sus pies delgados.

Por unos segundos teme que sus tobillos no resistan la tensión de su refinado atuendo, pero al ponerse en pie comprueba que su ánimo también afecta su salud, y hoy se siente especialmente vigorosa.

Corriendo riesgos que sólo una mente enamorada se atrevería a tomar, deja el bastón apoyado contra la cabecera de su cama, y sale de su habitación caminando lo más erguida posible.

Al llegar pide indicaciones para enfrentarse a la incomprensible nomenclatura, y se dirige a su primer destino con prisa. Retira las flores muertas, limpia con un poco de agua la superficie gastada, y se detiene unos momentos allí, inclinada, agradeciendo la complicidad que su esposo le dio hasta el último día.

Con el corazón agitado, se endereza y empieza a caminar a pasos largos, tratando de recordar las instrucciones del encargado. Al final la ve, en un espacio un poco más apretujado, pero siempre reconocible, al menos para sus ojos.

La emoción supera su compostura, y soltando una risa nerviosa corre hasta la lápida. Se arrodilla, ignorando el césped que mancha su vestido, y acaricia con sus dedos el nombre que tantas veces escribió en cartas, tantas veces susurró en las noches, y tantas veces maldijo, en broma y en dolor.

Mientras los recuerdos llenan y rejuvenecen su alma, ella agradece una vez más haberla amado.

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Fragmentos del pasado

Refugio

Casi termina.

Cajas a medio empacar, bolsas de basura en diferentes tamaños, muebles acomodados contra las paredes, y una notable ausencia de mugre decoran el suelo.

En medio del desorden, se acerca a la biblioteca más pequeña, aún sin desarmar, donde reposa una fotografía, la única que se consideró digna de enmarcar.

La toma con una mano, y se apoya contra la pared, como si hubiera perdido la fuerza que necesita para estar de pie.

Pone la foto a la altura de sus ojos, recorriendo cada detalle con detenimiento. Se esfuerza por memorizar la ropa que ella tiene puesta, su cabello, sus mejillas, sus gafas, su jean favorito, sus zapatillas, el odiado suéter de colores, el reloj heredado.

Al tiempo que memoriza, los recuerdos inundan y desenfocan sus ojos: ducharse en el agua hirviendo juntos, la luz del sol, despeinarse en el viento juntos, el olor a césped, las mañanas lentas y las noches vertiginosas, juntos, el olor de su cabello, el café juntos, la necesidad de tocarla, y la humedad de sus labios, juntos.

Cuando recordar se vuelve insoportable, como siempre lo hace, saca la foto del marco y la guarda en su pantalón.

Afuera, los autos incendiados llenan las calles de humo, los gritos se mezclan con el ruido de las sirenas, y todo, en general, continúa yéndose a la mierda.

Pero, al menos, tiene el recuerdo en su bolsillo.

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Costumbre

Las nubes cubren el cielo, y anuncian la muerte del día.

-¡Muero de hambre!

-Yo muero de cansancio. Más tarde hacemos algo de comer. Ayúdame abriendo la puerta.

Juntas, sacan las maletas del baúl y caminan hacia la casa. El suelo de la entrada está cubierto de insectos muertos y tierra.

-¡Está intacta! Sigue igual de hermosa. ¡Me muero!

-Deberíamos venir más seguido. Papá murió un año después de terminarla y casi no la disfrutó.

Empiezan a desempacar. Afuera, el frío se extiende por el césped que rodea la casa, acentuando el olor de flores muertas. Entonces una camioneta se detiene bruscamente en la entrada.

Ellas se asoman a la ventana. El terror las enmudece cuando ven a tres hombres acercarse a la puerta. Muertas de miedo, corren y tratan de encerrarse en una habitación, pero ellos ya están dentro de la casa.

El conductor de la camioneta se queda en su sitio, asegurándose de mantener el motor encendido. “Estas muertas no se demoran”, le habían dicho hacía unos minutos. Enciende la radio, encuentra una emisión de noticias, y sube el volumen para apagar los gritos de angustia que vienen de la casa.

La locutora habla sobre un crimen cometido el día anterior. “Cada vez son más los muertos, y menos las personas que preguntan por ellos”, dice.

Se escuchan dos disparos que retumban en la casa. Saca su teléfono, ignora la señal de su batería muriendo, y envía un mensaje. Luego lee las palabras de su hija.

-Muero de aburrimiento. ¿Llegas pronto? Las calles están muy peligrosas.

-Yo muero de amor por ti -responde el conductor-, ya voy en camino.

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Cine

La sala está vacía, y el silencio presiona mis oídos.

Poco a poco van llegando los asistentes. Al recibir instrucciones sobre sus asientos, desfilan como pueden por los estrechos pasillos, y caen con poca gracia en los incómodos asientos.

La gente murmulla toda clase de comentarios sin importancia, tratando de llenar el tiempo que queda antes de que empiece la función. Yo los miro con atención, tratando de entender el lugar que ocupa cada una de esas personas en este encuentro.

Algunos llevan una expresión solemne. De ellos desconfío más que de cualquier otro tipo de asistente. Hoy, en especial, esa expresión es ridícula. ¿Quieren mostrar respeto? ¿Quieren mostrar amor? ¿Quieren mostrar simpatía?

Mi antipatía crece con el descaro de algunos infelices que, con total desconocimiento y descortesía, llegan a la sala con un café caliente en sus manos.

Las luces se apagan.

Mis pensamientos, que hace un instante se tornaban amenazantes, de repente se concentran en una sola cosa: la luz naranja que nos ilumina a todos desde adelante. Aunque es un recinto ventilado, creo que puedo sentir el calor que emite la pantalla oscura.

Y entonces, sin más preámbulo, esta se desliza con suavidad y revela las luces del horno ya encendido. El ataúd desciende, y me doy cuenta de que no tengo nada más que hacer aquí.

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Indulgencia

Un día perfecto, una vida perfecta.

Llega a su casa sintiéndose sumamente satisfecho. Entra suavemente, sorprendiendo a sus hijos jugando en la sala. Los abraza, les pellizca sus mejillas, los besa. Atraviesa la cocina, pone la comida que trajo en el mesón, y alista un juego de cubiertos.

Pasa a su habitación, se quita los zapatos, la chaqueta, la corbata y las gafas. Lo deja todo encima de la cama, y vuelve corriendo a la sala. Alista la cena, y les grita a los chicos para que se sienten a comer.

Una vez sentados, todos mastican en silencio, tal como le gusta.

– Hoy vimos las noticias, papá -dice uno de los niños con timidez.

– ¿Estás en problemas? -pregunta el otro.

Él los observa con tranquilidad.

– Eso hace parte de mi trabajo. Hay mucha gente que me envidia.

– Pero dicen que eres un asesino.

– Sólo porque lo digan, no quiere decir que sea verdad.

– Pero sí han muerto personas -replica uno de los pequeños-. ¿No deberías ayudar a protegerlos?

Él los silencia con un golpe en la mesa.

– En este país sólo mueren los criminales. Si no estaban haciendo nada malo, no tenían nada que temer. Ahora, a comer.

Mientras los niños bajan los ojos hacia sus platos, él se levanta. Dándoles la espalda, le da la señal a uno de sus hombres para que se acerque.

– Quiero saber quién está hablando de más en las noticias -murmura-. Y quiero que lo resuelvan ya.

– ¿Quién debería manejarlo esta vez? -pregunta su escolta-. A su abogado le ha ido muy bien últimamente.

– No. Este tema necesita una mano más… firme.

Horas más tarde, en su habitación, recibe un mensaje. No necesita leerlo. Sabe que su vida, momentáneamente interrumpida, vuelve a ser perfecta.  

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Suerte

Detuvo un taxi con un movimiento del brazo, y se subió rápidamente.

Lo primero que hizo, desde la comodidad del asiento de pasajero, fue quitarse los tacones y sentarse en sus propios pies. Al conductor no pareció importarle.

Luego envió tres mensajes idénticos a su madre, su hermana, y su esposo: “Conseguí el trabajo. Empiezo a cantar el lunes”.

Se abrazó a sí misma, convencida de que había llegado el momento para, por fin, lograr un nuevo comienzo. No necesitaba escapar. Ya no. Sólo necesitaba esta oportunidad.

Quería gritar, celebrar, y llorar, todo al tiempo, pero en vez de eso decidió hacer sus planes aún más tangibles: sacó una pequeña agenda de su bolso, rozando con el dorso de su mano el contrato, y con dificultad garabateó una lista de todas las cosas que debía y que podría pagar en los próximos días. Hizo un cálculo rápido en su celular, y soltó un resoplido de alivio e incredulidad.

La emoción de las buenas noticias le duró lo suficiente para sonreírle ampliamente al tránsito, al taxista, y a sus hijos cuando la recibieron en la puerta de la casa.

Esa misma dosis de felicidad la sentía el agente que la había contratado. La mina de oro que había descubierto era impresionante. No sólo era un excelente inicio de carrera para la pobre chica; también lo era para él.

La emoción de ambos dio paso a un silencio absoluto durante el fin de semana. El lunes, el agente llegó a primera hora a su oficina para preparar un comunicado mientras su asistente, apoyado contra la puerta y vestido completamente de negro, lo esperaba.

– La mala suerte nos jodió a todos. Se nos atravesó sin piedad -comentó.

– ¿La mala suerte? -respondió el agente sin mirarlo -, no, no. El que se atravesó fue el esposo. Y sí, no tuvo piedad.

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Patio

Como siempre, las luces del cielo eran opacadas por los focos de la ciudad.

Había dejado de guiarse por los astros hacía mucho, pero todavía extrañaba el brillo de las estrellas en el campo.

La ciudad no era tan bella. La obligaba a sortear los peligros de la noche con su hocico, en medio de un aire nauseabundo que anunciaba la muerte acechante.

Se descolgó por el último muro, libre de pedazos de vidrio mezclados en el cemento, y cayó en cuatro patas, aguzando los oídos para sentir el movimiento de los otros.

Y ahí estaban. El más pequeño se escabulló hacia un pequeño jardín que había en el interior, sus ojos brillando en medio de las hojas con desconfianza. El segundo, más grande y peludo, se acercó con cautela, olisqueando la rata que ella traía en su boca.

Relajó su mandíbula y dejó caer la cena para ellos. Las criaturas se abalanzaron sobre el cadáver, gruñéndose amenazas y llenando de baba el suelo. Ella resopló, contrariada por el ruido, pero ellos la ignoraron. Estaban famélicos.

De repente, el menor saltó sobre su hermano, mordiéndole el cuello. Su víctima respondió arrojándolo contra el suelo, haciendo que soltara un grito de dolor.

El pánico los paralizó a los tres. Las luces se encendieron, dejándolos ciegos, mientras los habitantes de la casa los observaban horrorizados a través de las ventanas. Uno de ellos sostenía un teléfono.

Tendrían que buscar un nuevo hogar.

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Visita

Siempre me recibía con un abrazo, y yo se lo devolvía con excesivo entusiasmo.

Después la seguía hasta la cocina o el patio, donde normalmente estaba ocupada haciendo cualquier cosa. No podía estar quieta demasiado tiempo.

Fingía molestia cuando la llenaba de mimos, o cuando jugaba con su cabello, o cuando le hacía bromas sobre sus amadas mascotas, pero terminaba cediendo con una sonrisa a medias, y yo me declaraba victorioso de su cariño.

Los días con ella empezaban y terminaban en comida. Sus manos, adornadas con anillos y pulseras, estaban en continuo movimiento, subiéndole el volumen a la música que adoraba, creando atenciones para sus invitados, repartiendo caricias cada vez que alguno pasaba por su lado.

Siempre que pude, entrelacé mis dedos con los suyos.

Era muy buena escuchando. No importaba de qué le hablara, ella parecía llevar todas mis ideas a un lenguaje universal. Resolvía mis dudas con facilidad. Nuestros desacuerdos no duraban mucho, porque no había forma de estar enojados si había una tarde o un café en medio de nosotros.

Ella, que cuando quería podía ser más terca que yo, era a la vez más sensible y flexible a las insolencias del mundo que cualquier otra persona. Fue muy fuerte, y aunque se quejaba cada vez que tenía el chance, nunca se quejó de lo que realmente importaba.

Nuestras visitas terminaban con sus sollozos mojándome las mejillas. Ella volvía a su soledad, a sus inquietudes, y a su vida, pero con el recuerdo de habernos visto muy fresco en su memoria.

Yo volvía a la mía, y rara vez miraba atrás.

Hoy, mientras visito sus recuerdos, soy yo el que termina la visita con llanto.

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Tierra

Eres mi secreto. Mi angustiante, apasionado y profundo secreto.

He venido a ti desde siempre. Como árbol, eres el único que encuentro interesante en medio de todas las variedades que crecen en este lugar. El color grisáceo de tu tronco contrasta deliciosamente con el cielo azul y brillante, con el abundante pasto, con los animales, con el silencio.

Todos dicen que eres tenebroso, que deberían cortarte. Y tal vez sea cierto. Jamás he visto animales en tus ramas. Nunca he visto gatos trepándote, perros orinándote, o aves posándose en ti.

No sé cuándo te sembraron, pero sé que llevas aquí muchos años. Sé que has visto de todo, y nada te mueve. Eres totalmente opuesto a mí, porque pareciera que nada te afecta, mientras que a mí me afecta todo, como bien sabes.

Aun así, me parece una monstruosidad que te corten sólo por ser diferente.

Yo también soy diferente, y por eso te necesito. Eres mi cómplice aquí, mi vigía inmutable. Y desde mi última visita, eres mi única compañía después de ella.

Después del martillo.

Pero supongo que ahora será diferente. No sé si ella ya hace parte de ti. Seguro que ya se mezcló con tus raíces. Ya debe ser más hueso que carne.

La próxima vez que venga a verte, ¿ya podrá observarme como lo haces tú, desde lo profundo de la tierra en la que ahora te eriges?

¿Será igual de silenciosa a ti, mamá?