Categorías
Fragmentos del pasado

Deseo

La distancia les resultaba placentera. Estimulante.

El café, todavía a medio probar, estaba frío y olvidado sobre la mesa. Su mano escribía instrucciones improvisadas en una hoja que, al terminar cada frase, giraba para que su acompañante pudiera leerlas sin dificultad.

Mientras se tomaba unos momentos para procesar las ideas detrás de sus garabatos, se dedicaba a observar el efecto que tenía tal complicidad en su cuerpo: los ojos se entrecerraban con suspicacia, la saliva se hacía gruesa en su garganta, la lengua retocaba sus labios.

No sabían sus nombres, pero reconocían el olor del otro en una multitud. No habían escuchado sus voces, pero podían recordar perfectamente el sonido de sus gemidos. No habían cruzado palabra (al menos no hablada) pero reconocían en los ojos del otro un brillo que revelaba la naturaleza de sus deseos. Sabían de memoria el sabor de su aliento antes del beso, y esperaban la súbita tensión luego de la despedida.

Terminó de leer las ideas, al tiempo que las suyas se hacían más confusas, y le devolvió la hoja con un suspiro demasiado ruidoso como señal de su satisfacción.

Estiró la mano para asir el papel, y se encontró con unos dedos que rozaron su dorso, tocando su piel apenas con las yemas, en una caricia tan superficial que se sentía dolorosa. La boca se le secó inmediatamente.

Con la respiración entrecortada, escribió una última palabra, con trazos tan grandes que ocuparon más de la mitad de la hoja. Luego levantó el papel y lo sostuvo a la altura de sus ojos, en un gesto que ignoraba tanto la prudencia como la delicadeza que siempre acompañaban sus encuentros.

Sus ojos leyeron la instrucción, y lentamente asintió con la cabeza, mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro. Abrió la boca:

– Hola.