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Fragmentos del pasado

Madrugada

Estaba despierto mucho antes de que amaneciera.

Entre el dolor de sus articulaciones, la constante sed y la ausencia de noches tranquilas, salir de la cama al frío de la madrugada se había convertido en su resignado hábito, y por eso ser veía obligado a empezar cada mañana con toda la calma que pudiera reunir.

Pero la rutina de hoy requería un esfuerzo adicional: tenía que salir de la casa.

Tomó una ducha rápida, o al menos con la mayor agilidad que podía tener estando sentado en la vieja silla de plástico. Luego se vistió con cuidado. No sabía con quién podría encontrarse, y prefería dar una buena impresión.

Se acercó a su alacena, encontrando el pan viejo pero atractivo para su desayuno. Raspó los últimos trozos de café pegados al paquete, los disolvió en agua hirviendo, y bebió su taza con gusto, sabiendo que ese día, a su regreso, tendría comida fresca.

Esperó a que el ruido de la calle le indicara que las tiendas ya estaban abiertas, pero el barullo nunca llegó. Decidió tomar la iniciativa, se puso su abrigo y salió al pasillo, caminando lentamente hasta la puerta principal. Giró la llave, y abrió la puerta.

Cuando el silencio lo rodeó completamente, se detuvo en el umbral de la puerta.

No había transeúntes, autos o buses llenando las calles y las aceras. Todas las tiendas estaban cerradas. No pasaban aviones. No se sentía un alma, ni siquiera una paloma o un perro callejero. Una sensación repentina le hizo agarrarse el pecho, respirando con dificultad.

Levantó la mirada, sus ojos llenándose de lágrimas por el frío de la mañana y la emoción. Por fin tendría el mundo para él solo.

Y nada lo haría sentirse más agradecido por estar vivo que eso.