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Fragmento de la semana

Intruso

Como todas las noches, abre los ojos de golpe, con el sueño totalmente espantado.

Sus pies descalzos reciben el frío del suelo como una descarga eléctrica. Atraviesa la oscuridad de su habitación, y camina lentamente por el pasillo, sosteniendo su aliento, hasta llegar a la puerta del baño.

La encuentra entreabierta, y la luz está encendida. Pero no hay nadie en casa.

El temor le seca inmediatamente la boca, pero avanza y empuja la puerta con la punta de un pie. La luz amarilla inunda el pasillo, revelando un baño aparentemente vacío. Ella entra en el cuarto, lo examina de un vistazo, y se gira para apagar la luz. Pero antes de oprimir el interruptor, escucha un susurro que viene de la ducha.

Su cuerpo se tensiona inmediatamente. Con el corazón golpeando su pecho, ve en el espejo que la cortina de la ducha se está moviendo. Tratando de ignorar la inminente sensación de alarma, da dos pasos hacia la desgastada cortina. Entonces siente algo frío que se enrosca en su garganta y la levanta en el aire.

Entra en pánico, y mientras patalea como reflejo de la ausencia de aire, percibe unas pequeñas luces que opacan su vista. Palpa su cuello, y se encuentra con una textura fría y áspera. Y suelta un débil quejido de sorpresa.

Ya la había sentido antes. En esas ocasiones había oprimido su pecho mientras dormía, o había inmovilizado sus extremidades en la madrugada. Sentía que ya la conocía como una vieja amiga, una compañía nocturna inevitable.

Agradecida con saber qué la estaba asfixiando, y aliviada de saber que pronto la soltaría, dejó de luchar. Al menos a este monstruo ya lo conocía.

Después se preocuparía por el que la estaba esperando en la ducha.