Categorías
Fragmento de la semana

Cita

Esa mañana decide esforzarse por estar más presentable. Se resiste a las cómodas prendas, los sacos holgados, y el cabello enmarañado, reemplazándolos por un vestido de telas coloridas, un cabello visiblemente limpio, y un chal que, aunque no la abriga, decora sus hombros con elegancia.

Ensaya dos sombreros y rechaza ambos con similar disgusto. Tampoco encuentra un collar que acompañe su cuello adecuadamente. Abandona los accesorios, y se conforma al comprobar que, al menos, sus tacones favoritos todavía encajan a la perfección en sus pies delgados.

Por unos segundos teme que sus tobillos no resistan la tensión de su refinado atuendo, pero al ponerse en pie comprueba que su ánimo también afecta su salud, y hoy se siente especialmente vigorosa.

Corriendo riesgos que sólo una mente enamorada se atrevería a tomar, deja el bastón apoyado contra la cabecera de su cama, y sale de su habitación caminando lo más erguida posible.

Al llegar pide indicaciones para enfrentarse a la incomprensible nomenclatura, y se dirige a su primer destino con prisa. Retira las flores muertas, limpia con un poco de agua la superficie gastada, y se detiene unos momentos allí, inclinada, agradeciendo la complicidad que su esposo le dio hasta el último día.

Con el corazón agitado, se endereza y empieza a caminar a pasos largos, tratando de recordar las instrucciones del encargado. Al final la ve, en un espacio un poco más apretujado, pero siempre reconocible, al menos para sus ojos.

La emoción supera su compostura, y soltando una risa nerviosa corre hasta la lápida. Se arrodilla, ignorando el césped que mancha su vestido, y acaricia con sus dedos el nombre que tantas veces escribió en cartas, tantas veces susurró en las noches, y tantas veces maldijo, en broma y en dolor.

Mientras los recuerdos llenan y rejuvenecen su alma, ella agradece una vez más haberla amado.