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Fragmentos del pasado

Negocio

El anillo giraba entre las yemas de sus dedos mientras trataba de ignorar las miradas duras que parecían llegar de todas las tiendas.

– Bueno, ¿y entonces?

Él levantó la mirada, mientras trataba de encontrar las palabras adecuadas. Respondió con torpeza:

– Es de mi abuela. Me lo regaló, pero no lo quiero.

– Ajá. Se lo regaló. Mire, aquí no queremos ni ladrones ni gente con problemas. ¿Seguro fue un regalo?

La desconfianza, como en los otros comerciantes, era evidente. Si no le recibían el anillo aquí, abandonaría sus esfuerzos. No valía la pena tanta vergüenza.

– Sí. Fue un regalo. Más como un gesto, porque no es que me dé muchos regalos. Pero la verdad, me sirve más el dinero.

La mujer estiró la mano. Él titubeó.

– A ver, el anillo. ¿O es que no es un regalo?

– No, no es eso. Es que… ¿no es mejor que entremos?

– Usted no va a entrar en ningún lado. Me va a esperar aquí, mientras hacemos la prueba.

¿Prueba? ¿Cuál prueba? El pánico inundó su cabeza, calentándole las orejas. Lo mejor sería correr… nadie lo reconocería si era lo suficientemente rápido. Movió un pie hacia atrás, pero la mujer se adelantó, le tomó la mano con brusquedad, y le quitó el anillo.

– Ya vengo… -le dijo la mujer por encima del hombro, y entró en una puerta con vidrios oscurecidos.

Él, ahora con las manos en los bolsillos y la mirada fijada en el suelo, no creía capaz de soportar mucho tiempo más en ese lugar. Sabía que no llamarían a la policía, ni tampoco se quedarían con el anillo. Entonces, ¿por qué no pedirlo de vuelta y huir?

La respuesta llegó en forma de una mano con un par de billetes que se asomaba por una ventanilla diminuta. Su corazón se detuvo.

– No es un anillo de oro, al menos no de verdad -le dijo la mujer-. Pero podemos hacerlo pasar por uno real. Esto es todo lo que le daré. Tómelo o déjelo.

– Tómalo, mi niño -dijo una voz en su oído-. No es como si ese anillo todavía le quedara a esta vieja muerta.