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Fragmentos del pasado

Refugio

Casi termina.

Cajas a medio empacar, bolsas de basura en diferentes tamaños, muebles acomodados contra las paredes, y una notable ausencia de mugre decoran el suelo.

En medio del desorden, se acerca a la biblioteca más pequeña, aún sin desarmar, donde reposa una fotografía, la única que se consideró digna de enmarcar.

La toma con una mano, y se apoya contra la pared, como si hubiera perdido la fuerza que necesita para estar de pie.

Pone la foto a la altura de sus ojos, recorriendo cada detalle con detenimiento. Se esfuerza por memorizar la ropa que ella tiene puesta, su cabello, sus mejillas, sus gafas, su jean favorito, sus zapatillas, el odiado suéter de colores, el reloj heredado.

Al tiempo que memoriza, los recuerdos inundan y desenfocan sus ojos: ducharse en el agua hirviendo juntos, la luz del sol, despeinarse en el viento juntos, el olor a césped, las mañanas lentas y las noches vertiginosas, juntos, el olor de su cabello, el café juntos, la necesidad de tocarla, y la humedad de sus labios, juntos.

Cuando recordar se vuelve insoportable, como siempre lo hace, saca la foto del marco y la guarda en su pantalón.

Afuera, los autos incendiados llenan las calles de humo, los gritos se mezclan con el ruido de las sirenas, y todo, en general, continúa yéndose a la mierda.

Pero, al menos, tiene el recuerdo en su bolsillo.