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Fragmentos del pasado

Cine

La sala está vacía, y el silencio presiona mis oídos.

Poco a poco van llegando los asistentes. Al recibir instrucciones sobre sus asientos, desfilan como pueden por los estrechos pasillos, y caen con poca gracia en los incómodos asientos.

La gente murmulla toda clase de comentarios sin importancia, tratando de llenar el tiempo que queda antes de que empiece la función. Yo los miro con atención, tratando de entender el lugar que ocupa cada una de esas personas en este encuentro.

Algunos llevan una expresión solemne. De ellos desconfío más que de cualquier otro tipo de asistente. Hoy, en especial, esa expresión es ridícula. ¿Quieren mostrar respeto? ¿Quieren mostrar amor? ¿Quieren mostrar simpatía?

Mi antipatía crece con el descaro de algunos infelices que, con total desconocimiento y descortesía, llegan a la sala con un café caliente en sus manos.

Las luces se apagan.

Mis pensamientos, que hace un instante se tornaban amenazantes, de repente se concentran en una sola cosa: la luz naranja que nos ilumina a todos desde adelante. Aunque es un recinto ventilado, creo que puedo sentir el calor que emite la pantalla oscura.

Y entonces, sin más preámbulo, esta se desliza con suavidad y revela las luces del horno ya encendido. El ataúd desciende, y me doy cuenta de que no tengo nada más que hacer aquí.