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Suerte

Detuvo un taxi con un movimiento del brazo, y se subió rápidamente.

Lo primero que hizo, desde la comodidad del asiento de pasajero, fue quitarse los tacones y sentarse en sus propios pies. Al conductor no pareció importarle.

Luego envió tres mensajes idénticos a su madre, su hermana, y su esposo: “Conseguí el trabajo. Empiezo a cantar el lunes”.

Se abrazó a sí misma, convencida de que había llegado el momento para, por fin, lograr un nuevo comienzo. No necesitaba escapar. Ya no. Sólo necesitaba esta oportunidad.

Quería gritar, celebrar, y llorar, todo al tiempo, pero en vez de eso decidió hacer sus planes aún más tangibles: sacó una pequeña agenda de su bolso, rozando con el dorso de su mano el contrato, y con dificultad garabateó una lista de todas las cosas que debía y que podría pagar en los próximos días. Hizo un cálculo rápido en su celular, y soltó un resoplido de alivio e incredulidad.

La emoción de las buenas noticias le duró lo suficiente para sonreírle ampliamente al tránsito, al taxista, y a sus hijos cuando la recibieron en la puerta de la casa.

Esa misma dosis de felicidad la sentía el agente que la había contratado. La mina de oro que había descubierto era impresionante. No sólo era un excelente inicio de carrera para la pobre chica; también lo era para él.

La emoción de ambos dio paso a un silencio absoluto durante el fin de semana. El lunes, el agente llegó a primera hora a su oficina para preparar un comunicado mientras su asistente, apoyado contra la puerta y vestido completamente de negro, lo esperaba.

– La mala suerte nos jodió a todos. Se nos atravesó sin piedad -comentó.

– ¿La mala suerte? -respondió el agente sin mirarlo -, no, no. El que se atravesó fue el esposo. Y sí, no tuvo piedad.

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Patio

Como siempre, las luces del cielo eran opacadas por los focos de la ciudad.

Había dejado de guiarse por los astros hacía mucho, pero todavía extrañaba el brillo de las estrellas en el campo.

La ciudad no era tan bella. La obligaba a sortear los peligros de la noche con su hocico, en medio de un aire nauseabundo que anunciaba la muerte acechante.

Se descolgó por el último muro, libre de pedazos de vidrio mezclados en el cemento, y cayó en cuatro patas, aguzando los oídos para sentir el movimiento de los otros.

Y ahí estaban. El más pequeño se escabulló hacia un pequeño jardín que había en el interior, sus ojos brillando en medio de las hojas con desconfianza. El segundo, más grande y peludo, se acercó con cautela, olisqueando la rata que ella traía en su boca.

Relajó su mandíbula y dejó caer la cena para ellos. Las criaturas se abalanzaron sobre el cadáver, gruñéndose amenazas y llenando de baba el suelo. Ella resopló, contrariada por el ruido, pero ellos la ignoraron. Estaban famélicos.

De repente, el menor saltó sobre su hermano, mordiéndole el cuello. Su víctima respondió arrojándolo contra el suelo, haciendo que soltara un grito de dolor.

El pánico los paralizó a los tres. Las luces se encendieron, dejándolos ciegos, mientras los habitantes de la casa los observaban horrorizados a través de las ventanas. Uno de ellos sostenía un teléfono.

Tendrían que buscar un nuevo hogar.

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Visita

Siempre me recibía con un abrazo, y yo se lo devolvía con excesivo entusiasmo.

Después la seguía hasta la cocina o el patio, donde normalmente estaba ocupada haciendo cualquier cosa. No podía estar quieta demasiado tiempo.

Fingía molestia cuando la llenaba de mimos, o cuando jugaba con su cabello, o cuando le hacía bromas sobre sus amadas mascotas, pero terminaba cediendo con una sonrisa a medias, y yo me declaraba victorioso de su cariño.

Los días con ella empezaban y terminaban en comida. Sus manos, adornadas con anillos y pulseras, estaban en continuo movimiento, subiéndole el volumen a la música que adoraba, creando atenciones para sus invitados, repartiendo caricias cada vez que alguno pasaba por su lado.

Siempre que pude, entrelacé mis dedos con los suyos.

Era muy buena escuchando. No importaba de qué le hablara, ella parecía llevar todas mis ideas a un lenguaje universal. Resolvía mis dudas con facilidad. Nuestros desacuerdos no duraban mucho, porque no había forma de estar enojados si había una tarde o un café en medio de nosotros.

Ella, que cuando quería podía ser más terca que yo, era a la vez más sensible y flexible a las insolencias del mundo que cualquier otra persona. Fue muy fuerte, y aunque se quejaba cada vez que tenía el chance, nunca se quejó de lo que realmente importaba.

Nuestras visitas terminaban con sus sollozos mojándome las mejillas. Ella volvía a su soledad, a sus inquietudes, y a su vida, pero con el recuerdo de habernos visto muy fresco en su memoria.

Yo volvía a la mía, y rara vez miraba atrás.

Hoy, mientras visito sus recuerdos, soy yo el que termina la visita con llanto.

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Tierra

Eres mi secreto. Mi angustiante, apasionado y profundo secreto.

He venido a ti desde siempre. Como árbol, eres el único que encuentro interesante en medio de todas las variedades que crecen en este lugar. El color grisáceo de tu tronco contrasta deliciosamente con el cielo azul y brillante, con el abundante pasto, con los animales, con el silencio.

Todos dicen que eres tenebroso, que deberían cortarte. Y tal vez sea cierto. Jamás he visto animales en tus ramas. Nunca he visto gatos trepándote, perros orinándote, o aves posándose en ti.

No sé cuándo te sembraron, pero sé que llevas aquí muchos años. Sé que has visto de todo, y nada te mueve. Eres totalmente opuesto a mí, porque pareciera que nada te afecta, mientras que a mí me afecta todo, como bien sabes.

Aun así, me parece una monstruosidad que te corten sólo por ser diferente.

Yo también soy diferente, y por eso te necesito. Eres mi cómplice aquí, mi vigía inmutable. Y desde mi última visita, eres mi única compañía después de ella.

Después del martillo.

Pero supongo que ahora será diferente. No sé si ella ya hace parte de ti. Seguro que ya se mezcló con tus raíces. Ya debe ser más hueso que carne.

La próxima vez que venga a verte, ¿ya podrá observarme como lo haces tú, desde lo profundo de la tierra en la que ahora te eriges?

¿Será igual de silenciosa a ti, mamá?

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Otro

Hay algo dentro de mí.

He leído historias sobre demonios internos, sombras que susurran al oído, o animales que entrelazan eternamente sus fauces; dos seres que pelean y que, cuando se juntan, conforman un mismo organismo, complejo y humano. El Ying y el Yang. Alfa y Omega. Él y yo.

Lo que habita en mi cuerpo no es tan sofisticado. Es como una langosta, o una cucaracha. Tal vez sea como una rata. Es lo suficientemente grande para afectar la forma en la que existo, pero lo suficientemente pequeño para poder vivir con él simulando que soy una persona más.

La primera vez que lo noté fue cuando mi estómago perdió su fondo y derramé todas mis debilidades a borbotones. Al menos así lo recuerdo, porque la idea de un corazón roto no se acerca a la sensación de ser consumido por ese dolor tan particular.

Quise hacer muchas cosas al respecto. Tuve varios impulsos, tuve muchas ideas, y hasta se me ocurrieron algunos sueños. No hice nada, porque él me obligó a quedarme quieto. Pude sentir su pereza inundar y adormecer mi mente, sin dejarme procesar lo que pasaba en ese momento. Así seguí con mi vida, como si nada. Sólo se lo agradecí ese día.

Nuestro entendimiento se hizo más profundo cuando me convenció de abrazar la soledad. Nuestros vínculos con las personas, dijo, serían mínimos, y jamás seríamos atrapados por dramas o por cosas que jamás entenderíamos, como el amor incondicional.

Se equivocó. Me hizo equivocarme. Los dramas se intensificaron, y las mentiras con las que convivíamos se tornaron corpóreas, con nombre y vida propios, con destinos por cumplir. Y nos dejaron por fuera de ellos, como sobras, como viejos padres, como líquidos inservibles.

A veces, como hoy, intento escapar cuando él está dormido. Doy varios pasos hacia lo que parece ser una salida, pero se da cuenta enseguida y me convence de seguir juntos.

A veces lo hace con una violencia que me quema las entrañas.

Hoy lo hizo con un cálido empujón.

Y ahora lo entendí: para darme un empujón, tiene que estar fuera de mí. Y si es así, entonces no es parte de mi propio ser. Es otra cosa.

Es alguien más.

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Reflejo

Como todas las mañanas, se levantó con dificultad de la cama. Después de una ducha larga y un café hirviendo en sus manos, se apoyó en el marco de la diminuta ventana y empezó a murmurar, tratando de darle orden a sus ideas.

Como todas las mañanas, estaba luchando con la sensación que le quemaba el estómago y lo abrumaba con una frustración que lo tentaba a romper el vidrio, las puertas, o sus huesos.

Como todas las mañanas, se hacía algún cuestionamiento que lo torturaba por horas, sin darle lugar a la piedad. Esta vez se preguntaba en voz alta cuándo fue la última vez que sintió tantas ganas de salir corriendo, sin importar a dónde.

Pero a diferencia de todas las mañanas, hoy tuvo una respuesta diferente a su propia voz.

-Probablemente cuando teníamos siete años.

La sorpresa casi le hace soltar la taza que sostenía en una mano. Se incorporó y miró a su alrededor, mientras intentaba controlar el nudo que bloqueaba su garganta. El apartamento, lo suficientemente pequeño para poder revisarlo de un solo vistazo, estaba vacío.

Pensando que la falta de sueño por fin lo estaba afectando, soltó un silbido de alivio y se volvió hacia la ventana, apoyando su frente en la pared fría y observando, sin prestarle realmente atención, su reflejo en el vidrio.

Sí, hacía muchos años también se sentía harto de todo lo que lo rodeaba. Vació la maleta llena de libros escolares, la llenó con su libro favorito, un juguete y un cuchillo de carnicero robado de la cocina, y había huido hacia una concurrida calle que creía conocer bien.

Caminando entre vendedores, ladrones y abusadores, reprimió las lágrimas para que nadie lo detuviera o le hiciera preguntas. Luego las dejó salir al darse cuenta de que, como en su casa, a nadie parecía importarle el dolor que sentía en ese momento.

Deambuló por varias calles y horas, pero al final el hambre y el frío lo convencieron de volver a casa. Llegó antes que su madre lo hiciera, a tiempo para esconder la maleta debajo de su cama y fingir que no había pasado nada extraño esa tarde. Se ahorró un par de meses de castigo.

Levantando la mirada, se dio cuenta que su reflejo le devolvía una expresión curiosa.

-¿Todavía tienes el cuchillo, no?

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Hambre

Los zapatos golpeaban el pasto encharcado con fuerza, el sonido ahogado por el aguacero que caía en la vereda. Los niños corrían buscando refugio, desesperados por encontrar al menos una zanja en la tierra, pero el suelo se extendía desnudo por una bajada inmensa, cubierto por cercas y alambres de púas que los separaban de la pequeña laguna.

Detrás suyo, los gruñidos se confundían con el ruido de la lluvia. Los niños pretendían no escucharlos, concentrándose en seguir corriendo, sin darles tregua a sus piernas adoloridas, y sin recuperar el aliento.

Cuando pasaron la última cerca, escucharon un ladrido.

– ¡Nos van a coger! -gritó uno, entrando en pánico.

– Al agua -le respondió otro-. ¡Ya, ya, YA!

Ninguno sabía si funcionaría. Saltaron por encima de la peligrosa orilla y se lanzaron torpemente a la laguna. Era mucho más profunda de lo que se veía, y estaba helada. Resoplando por el esfuerzo de mantenerse a flote, apenas asomando el rostro para respirar, esperaron.

Un rumor amenazante los rodeó. Las criaturas echaban baba por la boca, soltando bruscos resoplidos, sus ojos ciegos brillando en la lluvia. Se acercaron lentamente al agua, mientras todos los niños pensaban en el inminente terror de ser devorados.

Entonces uno de los perros soltó aullidos de dolor, y los otros lo imitaron. Intentaron avanzar varias veces sólo para alejarse nuevamente, soltando chillidos ensordecedores. No podían llegar hasta el agua.

Los vieron retroceder, aturdidos por el dolor, moviendo sus hocicos en todas las direcciones. No sólo habían perdido a sus presas: habían perdido el rastro.

Los niños estaban listos. Salieron rápidamente del agua, pasaron por encima del alambre de púas escondido en el barro, y desenfundaron sus cuchillos, sintiendo que un alivio inmenso llenaba sus extremidades.

Por fin habían conseguido comida.

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Ardor

Sus resoplidos eran, probablemente, lo único que perturbaba la hirviente quietud de esa tarde de domingo. El aire seco, los insectos y las aves parecían mezclarse y cubrir con un manto de sopor la calle que vigilaba hacía varias horas, en un zumbido unánime que presionaba sus oídos y lo tentaba a ceder a la impaciencia.

Pero no podía arriesgarse a que lo descubrieran. No había un mejor lugar para ver sin ser visto que el segundo piso del único edificio a medio construir en esa zona, como muchos del país, lleno de escombros, polvo y alimañas en el suelo rústico.

Entonces una puerta que se abrió de golpe, y todo lo demás desapareció de su mente.

Se apoyó en las yemas de sus dedos, y se levantó del suelo con agilidad. Mientras tanto, la mujer había salido de la casa y dado tres pasos, deteniéndose en la mitad de la calle. No tendría otra oportunidad.

Alistó el revólver, y apuntó con ambas manos.

Una voz infantil y vibrante llenó el aire, y la mujer le respondió con impaciencia.

Nadie le dijo que vivía con un niño pequeño. Mucho menos que tendría que asesinarla en frente de alguien. Hasta ahí llegaba la garantía de su soledad.

En los segundos que pasaron entre un disparo y otro, sintió que su corazón iba a estallar, que sus orejas se derretirían por el calor que subía por ellas, y que todos sabrían que había sido él.

Pero recuperó el control de sí mismo con rapidez. Ocultó el arma en una bolsa de materiales, se ajustó la camisa del uniforme, se pasó una mano por el cabello empapado en sudor, y bajó por las escaleras.

Afuera la gente estaba saliendo de sus viviendas, unos para socorrer al niño que gritaba, otros para lamentarse por el cadáver que esta semana yacía en el suelo. Todos estaban demasiado distraídos para ver de dónde había salido, y demasiado acostumbrados al dolor como para pedir ayuda.

Igual que él.

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Sombras

La doña abrió los ojos, giró su cuerpo ágilmente por la cama y cayó sobre sus manos al suelo. Tanteó el suelo por un momento, y al tocar el frío de la escopeta, se incorporó y caminó hacia la ventana.

El grito de la niña aún resonaba en sus oídos. Sabía que no tenía que hacer ruido, aunque el enojo hacía hervir sus venas y la idea de gritar improperios como una desquiciada era bastante tentadora. Pero la situación era muy peligrosa y prefirió dejar que el gatillo hablara por ella.

Abrió con cuidado la ventana, y al tiempo que la madera crujía, trepó el muro y aterrizó en el pasto, empapando sus pies con el rocío de la noche. Avanzó sigilosamente al tiempo que preparaba la escopeta, y al pasar por otra ventana, una voz innecesariamente aguda le gritó:

– ¡Mamá! Los ví, los escuché, van por allá…

Ella la ignoró y siguió avanzando. Después tendría tiempo de regañarla por sus alaridos. Y de paso, también tendría tiempo de ajustar cuentas con la gente de la casa: no veía a nadie acudiendo al llamado de su hija, ni escuchaba disparos o gritos de advertencia, ni siquiera una luz encendida.

En esa noche sólo cabía la voz de su hija contra la oscuridad.

Llegó a la entrada de la casa y, guiada por la memoria de sus pies descalzos, caminó hasta el portón de la hacienda. Se inclinó y escudriñó el camino que se abría delante de las puertas entreabiertas. Entonces una sombra se movió a su izquierda. Todavía estaban dentro.

Giró automáticamente el torso y jaló el gatillo. Al estruendo le siguió un gemido y un golpe seco en el pasto, y otra sombra, con voz de hombre, levantó los brazos y gritó:

– ¡No dispare! No venimos por usted.

– ¡Ya sé que no vienen por mí! -replicó ella con la voz ronca, sonando más amenazadora que nunca-. Pero están en mi casa, y si no quieren otro herido más les vale que salgan de aquí.

– Pero usted está sola -replicó el desconocido-, y no le convien…

Esta vez el estruendo de la escopeta sonó más fuerte, ahogando la voz del desconocido. Rodó por el suelo aullando de dolor, mientras que alguien venía corriendo con una lámpara encendida. Otros pasos se apresuraban en su dirección.

– ¿Qué pasó, mi doña? ¿Quién se metió?

– No tengo idea. Pero creo que sólo eran estos dos. Hágame el favor y les quita las armas, y los lleva al establo que está desocupado. Atiéndalos, si puede, y que se vayan en la madrugada.

– ¿No sería mejor matarlos de una vez? -dijo su hombre, evidentemente nervioso-. Si venían por el andariego…

Uno de los hombres heridos inspiró con brusquedad, y se llevó una mano al cinturón. Pero ella levantó la cabeza con lentitud, y todos se quedaron quietos. Así era siempre, cuando su temperamento hacía brillar sus ojos y canas.

– Esos no son líos míos. Aquí todos reposan, y de aquí salen vivos cuando se pueda, aunque maltrechos.

Giró la cabeza hacia los heridos, y añadió: – Si se matan a machetazos por el camino, es cosa de ellos. En mi posada, el que busca refugio no tiene nada que temer, ni a políticos ni a bandoleros, ni al hambre del camino.

Y se fue caminando hacia la casa con pasos largos, sosteniendo la escopeta con firmeza, tratando de ignorar los gemidos de dolor y las voces conmocionadas que llenaban el aire nocturno.