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Fragmentos del pasado

Visita

Siempre me recibía con un abrazo, y yo se lo devolvía con excesivo entusiasmo.

Después la seguía hasta la cocina o el patio, donde normalmente estaba ocupada haciendo cualquier cosa. No podía estar quieta demasiado tiempo.

Fingía molestia cuando la llenaba de mimos, o cuando jugaba con su cabello, o cuando le hacía bromas sobre sus amadas mascotas, pero terminaba cediendo con una sonrisa a medias, y yo me declaraba victorioso de su cariño.

Los días con ella empezaban y terminaban en comida. Sus manos, adornadas con anillos y pulseras, estaban en continuo movimiento, subiéndole el volumen a la música que adoraba, creando atenciones para sus invitados, repartiendo caricias cada vez que alguno pasaba por su lado.

Siempre que pude, entrelacé mis dedos con los suyos.

Era muy buena escuchando. No importaba de qué le hablara, ella parecía llevar todas mis ideas a un lenguaje universal. Resolvía mis dudas con facilidad. Nuestros desacuerdos no duraban mucho, porque no había forma de estar enojados si había una tarde o un café en medio de nosotros.

Ella, que cuando quería podía ser más terca que yo, era a la vez más sensible y flexible a las insolencias del mundo que cualquier otra persona. Fue muy fuerte, y aunque se quejaba cada vez que tenía el chance, nunca se quejó de lo que realmente importaba.

Nuestras visitas terminaban con sus sollozos mojándome las mejillas. Ella volvía a su soledad, a sus inquietudes, y a su vida, pero con el recuerdo de habernos visto muy fresco en su memoria.

Yo volvía a la mía, y rara vez miraba atrás.

Hoy, mientras visito sus recuerdos, soy yo el que termina la visita con llanto.