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Fragmentos del pasado

Patio

Como siempre, las luces del cielo eran opacadas por los focos de la ciudad.

Había dejado de guiarse por los astros hacía mucho, pero todavía extrañaba el brillo de las estrellas en el campo.

La ciudad no era tan bella. La obligaba a sortear los peligros de la noche con su hocico, en medio de un aire nauseabundo que anunciaba la muerte acechante.

Se descolgó por el último muro, libre de pedazos de vidrio mezclados en el cemento, y cayó en cuatro patas, aguzando los oídos para sentir el movimiento de los otros.

Y ahí estaban. El más pequeño se escabulló hacia un pequeño jardín que había en el interior, sus ojos brillando en medio de las hojas con desconfianza. El segundo, más grande y peludo, se acercó con cautela, olisqueando la rata que ella traía en su boca.

Relajó su mandíbula y dejó caer la cena para ellos. Las criaturas se abalanzaron sobre el cadáver, gruñéndose amenazas y llenando de baba el suelo. Ella resopló, contrariada por el ruido, pero ellos la ignoraron. Estaban famélicos.

De repente, el menor saltó sobre su hermano, mordiéndole el cuello. Su víctima respondió arrojándolo contra el suelo, haciendo que soltara un grito de dolor.

El pánico los paralizó a los tres. Las luces se encendieron, dejándolos ciegos, mientras los habitantes de la casa los observaban horrorizados a través de las ventanas. Uno de ellos sostenía un teléfono.

Tendrían que buscar un nuevo hogar.