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Fragmentos del pasado

Suerte

Detuvo un taxi con un movimiento del brazo, y se subió rápidamente.

Lo primero que hizo, desde la comodidad del asiento de pasajero, fue quitarse los tacones y sentarse en sus propios pies. Al conductor no pareció importarle.

Luego envió tres mensajes idénticos a su madre, su hermana, y su esposo: “Conseguí el trabajo. Empiezo a cantar el lunes”.

Se abrazó a sí misma, convencida de que había llegado el momento para, por fin, lograr un nuevo comienzo. No necesitaba escapar. Ya no. Sólo necesitaba esta oportunidad.

Quería gritar, celebrar, y llorar, todo al tiempo, pero en vez de eso decidió hacer sus planes aún más tangibles: sacó una pequeña agenda de su bolso, rozando con el dorso de su mano el contrato, y con dificultad garabateó una lista de todas las cosas que debía y que podría pagar en los próximos días. Hizo un cálculo rápido en su celular, y soltó un resoplido de alivio e incredulidad.

La emoción de las buenas noticias le duró lo suficiente para sonreírle ampliamente al tránsito, al taxista, y a sus hijos cuando la recibieron en la puerta de la casa.

Esa misma dosis de felicidad la sentía el agente que la había contratado. La mina de oro que había descubierto era impresionante. No sólo era un excelente inicio de carrera para la pobre chica; también lo era para él.

La emoción de ambos dio paso a un silencio absoluto durante el fin de semana. El lunes, el agente llegó a primera hora a su oficina para preparar un comunicado mientras su asistente, apoyado contra la puerta y vestido completamente de negro, lo esperaba.

– La mala suerte nos jodió a todos. Se nos atravesó sin piedad -comentó.

– ¿La mala suerte? -respondió el agente sin mirarlo -, no, no. El que se atravesó fue el esposo. Y sí, no tuvo piedad.