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Fragmentos del pasado

Ardor

Sus resoplidos eran, probablemente, lo único que perturbaba la hirviente quietud de esa tarde de domingo. El aire seco, los insectos y las aves parecían mezclarse y cubrir con un manto de sopor la calle que vigilaba hacía varias horas, en un zumbido unánime que presionaba sus oídos y lo tentaba a ceder a la impaciencia.

Pero no podía arriesgarse a que lo descubrieran. No había un mejor lugar para ver sin ser visto que el segundo piso del único edificio a medio construir en esa zona, como muchos del país, lleno de escombros, polvo y alimañas en el suelo rústico.

Entonces una puerta que se abrió de golpe, y todo lo demás desapareció de su mente.

Se apoyó en las yemas de sus dedos, y se levantó del suelo con agilidad. Mientras tanto, la mujer había salido de la casa y dado tres pasos, deteniéndose en la mitad de la calle. No tendría otra oportunidad.

Alistó el revólver, y apuntó con ambas manos.

Una voz infantil y vibrante llenó el aire, y la mujer le respondió con impaciencia.

Nadie le dijo que vivía con un niño pequeño. Mucho menos que tendría que asesinarla en frente de alguien. Hasta ahí llegaba la garantía de su soledad.

En los segundos que pasaron entre un disparo y otro, sintió que su corazón iba a estallar, que sus orejas se derretirían por el calor que subía por ellas, y que todos sabrían que había sido él.

Pero recuperó el control de sí mismo con rapidez. Ocultó el arma en una bolsa de materiales, se ajustó la camisa del uniforme, se pasó una mano por el cabello empapado en sudor, y bajó por las escaleras.

Afuera la gente estaba saliendo de sus viviendas, unos para socorrer al niño que gritaba, otros para lamentarse por el cadáver que esta semana yacía en el suelo. Todos estaban demasiado distraídos para ver de dónde había salido, y demasiado acostumbrados al dolor como para pedir ayuda.

Igual que él.

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