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Fragmentos del pasado

Hambre

Los zapatos golpeaban el pasto encharcado con fuerza, el sonido ahogado por el aguacero que caía en la vereda. Los niños corrían buscando refugio, desesperados por encontrar al menos una zanja en la tierra, pero el suelo se extendía desnudo por una bajada inmensa, cubierto por cercas y alambres de púas que los separaban de la pequeña laguna.

Detrás suyo, los gruñidos se confundían con el ruido de la lluvia. Los niños pretendían no escucharlos, concentrándose en seguir corriendo, sin darles tregua a sus piernas adoloridas, y sin recuperar el aliento.

Cuando pasaron la última cerca, escucharon un ladrido.

– ¡Nos van a coger! -gritó uno, entrando en pánico.

– Al agua -le respondió otro-. ¡Ya, ya, YA!

Ninguno sabía si funcionaría. Saltaron por encima de la peligrosa orilla y se lanzaron torpemente a la laguna. Era mucho más profunda de lo que se veía, y estaba helada. Resoplando por el esfuerzo de mantenerse a flote, apenas asomando el rostro para respirar, esperaron.

Un rumor amenazante los rodeó. Las criaturas echaban baba por la boca, soltando bruscos resoplidos, sus ojos ciegos brillando en la lluvia. Se acercaron lentamente al agua, mientras todos los niños pensaban en el inminente terror de ser devorados.

Entonces uno de los perros soltó aullidos de dolor, y los otros lo imitaron. Intentaron avanzar varias veces sólo para alejarse nuevamente, soltando chillidos ensordecedores. No podían llegar hasta el agua.

Los vieron retroceder, aturdidos por el dolor, moviendo sus hocicos en todas las direcciones. No sólo habían perdido a sus presas: habían perdido el rastro.

Los niños estaban listos. Salieron rápidamente del agua, pasaron por encima del alambre de púas escondido en el barro, y desenfundaron sus cuchillos, sintiendo que un alivio inmenso llenaba sus extremidades.

Por fin habían conseguido comida.