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Fragmentos del pasado

Hambre

Los zapatos golpeaban el pasto encharcado con fuerza, el sonido ahogado por el aguacero que caía en la vereda. Los niños corrían buscando refugio, desesperados por encontrar al menos una zanja en la tierra, pero el suelo se extendía desnudo por una bajada inmensa, cubierto por cercas y alambres de púas que los separaban de la pequeña laguna.

Detrás suyo, los gruñidos se confundían con el ruido de la lluvia. Los niños pretendían no escucharlos, concentrándose en seguir corriendo, sin darles tregua a sus piernas adoloridas, y sin recuperar el aliento.

Cuando pasaron la última cerca, escucharon un ladrido.

– ¡Nos van a coger! -gritó uno, entrando en pánico.

– Al agua -le respondió otro-. ¡Ya, ya, YA!

Ninguno sabía si funcionaría. Saltaron por encima de la peligrosa orilla y se lanzaron torpemente a la laguna. Era mucho más profunda de lo que se veía, y estaba helada. Resoplando por el esfuerzo de mantenerse a flote, apenas asomando el rostro para respirar, esperaron.

Un rumor amenazante los rodeó. Las criaturas echaban baba por la boca, soltando bruscos resoplidos, sus ojos ciegos brillando en la lluvia. Se acercaron lentamente al agua, mientras todos los niños pensaban en el inminente terror de ser devorados.

Entonces uno de los perros soltó aullidos de dolor, y los otros lo imitaron. Intentaron avanzar varias veces sólo para alejarse nuevamente, soltando chillidos ensordecedores. No podían llegar hasta el agua.

Los vieron retroceder, aturdidos por el dolor, moviendo sus hocicos en todas las direcciones. No sólo habían perdido a sus presas: habían perdido el rastro.

Los niños estaban listos. Salieron rápidamente del agua, pasaron por encima del alambre de púas escondido en el barro, y desenfundaron sus cuchillos, sintiendo que un alivio inmenso llenaba sus extremidades.

Por fin habían conseguido comida.

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Ardor

Sus resoplidos eran, probablemente, lo único que perturbaba la hirviente quietud de esa tarde de domingo. El aire seco, los insectos y las aves parecían mezclarse y cubrir con un manto de sopor la calle que vigilaba hacía varias horas, en un zumbido unánime que presionaba sus oídos y lo tentaba a ceder a la impaciencia.

Pero no podía arriesgarse a que lo descubrieran. No había un mejor lugar para ver sin ser visto que el segundo piso del único edificio a medio construir en esa zona, como muchos del país, lleno de escombros, polvo y alimañas en el suelo rústico.

Entonces una puerta que se abrió de golpe, y todo lo demás desapareció de su mente.

Se apoyó en las yemas de sus dedos, y se levantó del suelo con agilidad. Mientras tanto, la mujer había salido de la casa y dado tres pasos, deteniéndose en la mitad de la calle. No tendría otra oportunidad.

Alistó el revólver, y apuntó con ambas manos.

Una voz infantil y vibrante llenó el aire, y la mujer le respondió con impaciencia.

Nadie le dijo que vivía con un niño pequeño. Mucho menos que tendría que asesinarla en frente de alguien. Hasta ahí llegaba la garantía de su soledad.

En los segundos que pasaron entre un disparo y otro, sintió que su corazón iba a estallar, que sus orejas se derretirían por el calor que subía por ellas, y que todos sabrían que había sido él.

Pero recuperó el control de sí mismo con rapidez. Ocultó el arma en una bolsa de materiales, se ajustó la camisa del uniforme, se pasó una mano por el cabello empapado en sudor, y bajó por las escaleras.

Afuera la gente estaba saliendo de sus viviendas, unos para socorrer al niño que gritaba, otros para lamentarse por el cadáver que esta semana yacía en el suelo. Todos estaban demasiado distraídos para ver de dónde había salido, y demasiado acostumbrados al dolor como para pedir ayuda.

Igual que él.

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Sombras

La doña abrió los ojos, giró su cuerpo ágilmente por la cama y cayó sobre sus manos al suelo. Tanteó el suelo por un momento, y al tocar el frío de la escopeta, se incorporó y caminó hacia la ventana.

El grito de la niña aún resonaba en sus oídos. Sabía que no tenía que hacer ruido, aunque el enojo hacía hervir sus venas y la idea de gritar improperios como una desquiciada era bastante tentadora. Pero la situación era muy peligrosa y prefirió dejar que el gatillo hablara por ella.

Abrió con cuidado la ventana, y al tiempo que la madera crujía, trepó el muro y aterrizó en el pasto, empapando sus pies con el rocío de la noche. Avanzó sigilosamente al tiempo que preparaba la escopeta, y al pasar por otra ventana, una voz innecesariamente aguda le gritó:

– ¡Mamá! Los ví, los escuché, van por allá…

Ella la ignoró y siguió avanzando. Después tendría tiempo de regañarla por sus alaridos. Y de paso, también tendría tiempo de ajustar cuentas con la gente de la casa: no veía a nadie acudiendo al llamado de su hija, ni escuchaba disparos o gritos de advertencia, ni siquiera una luz encendida.

En esa noche sólo cabía la voz de su hija contra la oscuridad.

Llegó a la entrada de la casa y, guiada por la memoria de sus pies descalzos, caminó hasta el portón de la hacienda. Se inclinó y escudriñó el camino que se abría delante de las puertas entreabiertas. Entonces una sombra se movió a su izquierda. Todavía estaban dentro.

Giró automáticamente el torso y jaló el gatillo. Al estruendo le siguió un gemido y un golpe seco en el pasto, y otra sombra, con voz de hombre, levantó los brazos y gritó:

– ¡No dispare! No venimos por usted.

– ¡Ya sé que no vienen por mí! -replicó ella con la voz ronca, sonando más amenazadora que nunca-. Pero están en mi casa, y si no quieren otro herido más les vale que salgan de aquí.

– Pero usted está sola -replicó el desconocido-, y no le convien…

Esta vez el estruendo de la escopeta sonó más fuerte, ahogando la voz del desconocido. Rodó por el suelo aullando de dolor, mientras que alguien venía corriendo con una lámpara encendida. Otros pasos se apresuraban en su dirección.

– ¿Qué pasó, mi doña? ¿Quién se metió?

– No tengo idea. Pero creo que sólo eran estos dos. Hágame el favor y les quita las armas, y los lleva al establo que está desocupado. Atiéndalos, si puede, y que se vayan en la madrugada.

– ¿No sería mejor matarlos de una vez? -dijo su hombre, evidentemente nervioso-. Si venían por el andariego…

Uno de los hombres heridos inspiró con brusquedad, y se llevó una mano al cinturón. Pero ella levantó la cabeza con lentitud, y todos se quedaron quietos. Así era siempre, cuando su temperamento hacía brillar sus ojos y canas.

– Esos no son líos míos. Aquí todos reposan, y de aquí salen vivos cuando se pueda, aunque maltrechos.

Giró la cabeza hacia los heridos, y añadió: – Si se matan a machetazos por el camino, es cosa de ellos. En mi posada, el que busca refugio no tiene nada que temer, ni a políticos ni a bandoleros, ni al hambre del camino.

Y se fue caminando hacia la casa con pasos largos, sosteniendo la escopeta con firmeza, tratando de ignorar los gemidos de dolor y las voces conmocionadas que llenaban el aire nocturno.